¿SON LOS LIBROS APÓCRIFOS ESCRITURA INSPIRADA?

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¿SON LOS LIBROS APÓCRIFOS ESCRITURA INSPIRADA?

Por Aaron Brake


Los Católicos Romanos y Protestantes concuerdan en muchas doctrinas centrales de la fe Cristiana, incluyendo la Trinidad, la deidad de Cristo, y la resurrección corpórea de Jesús. Pero una cuestión importante que divide a Católicos Romanos y protestantes es el número de escritos canónicos o inspirados en la Escritura. Ambos grupos reconocen 27 libros en el Nuevo Testamento, pero los Católicos Romanos reconocen siete libros adicionales además de otros cuatro fragmentos en cuatro libros del Antiguo Testamento. Estos libros y escritos adicionales se denominan “Apócrifos” o “deuterocanónicos” (segundo canon). Tales son los siguientes.

    • La Sabiduría de Salomón (Libro de la Sabiduría)
    • Eclesiástico (Sirácides)
    • Tobías
    • Judith
    • 1 Macabeos
    • 2 Macabeos
    • Baruc (incluyendo la Carta de Jeremías)
    • Adiciones a Ester (10: 4-16: 24)
    • Oración de Azarías (Daniel 3: 24-90)
    • Susanna (Daniel 13)
    • Bel y el dragón (Daniel 14)

La postura en cuanto a los apócrifos fue un tema decisivo entre Católicos Romanos y Protestantes durante la Contra-Reforma. Fue en esta época en la que la Iglesia Católica Romana (ICR) oficial e infaliblemente canonizó estos libros y pronunció un anatema (bajo maldición divina) a cualquiera que niegue que los Apócrifos son Escritura Inspirada. Bajo este anatema están todos los Protestantes.1 Después de enumerar cada uno de los libros que la ICR considera como canónicos, incluyendo los apócrifos, el Concilio de Trento declaró,

Y si alguno no recibiera como sagrados y canónicos los libros mismos íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, y despreciara a ciencia y conciencia las tradiciones predichas, sea anatema.2

Con esto en cuenta, el alcance de las Escrituras canónicas y la inspiración (o no) de los apócrifos es un tema importante que divide a los católicos y protestantes romanos. Si Roma está en lo correcto en su evaluación de los apócrifos, los protestantes están en un grave error y bajo la condenación de Dios. Por otro lado, si Roma está equivocada con respecto a los apócrifos, se demuestra que la afirmación de infalibilidad de la iglesia es falsa y su autoridad se ve minada de forma considerable. William Webster explica:

El tema [del canon del Antiguo Testamento] es uno de los más altos en importancia y relevancia porque está directamente relacionado con el tema de la autoridad eclesiástica. La Iglesia Católica Romana asume la autoridad máxima para sí misma porque cree ser responsable de establecer los límites del canon en los Concilios del Norte de África de Hipona y Cartago a fines del siglo IV… También es importante notar que Trento agregó un anatema contra todos aquellos que, a sabiendas, rechacen su decreto sobre el canon del Antiguo Testamento. Con eso, Trento hizo del tema del canon una cuestión central de salvación eterna.3

Dada la gran importancia de este debate, presentamos las siguientes siete razones que forman un argumento a favor de la aceptación del Canon Protestante del Antiguo Testamento como autoritario y del rechazo de los escritos apócrifos como inspirados.

Razón # 1: Los judíos nunca aceptaron los apócrifos como Escritura ni los consideraron a la par con otros libros canónicos del Antiguo Testamento.

Este primer punto es de vital importancia. Los mismos judíos no aceptaron a los apócrifos como Escritura. Esto es muy significativo, especialmente considerando que Pablo nos dice que a los judíos se les “confiaron los oráculos de Dios” (Rom. 3:2). Fue a través de los judíos que Dios produjo el canon del Antiguo Testamento y fue a los judíos a quienes Dios se los confió. Entonces, la pregunta es: “¿Conocían los judíos sus propias Escrituras?” Si es así, los apócrifos no deben considerarse parte de ellas. Por otro lado, si los apócrifos son canónicos, ¿cómo es que los judíos no entendieron lo que se les había confiado, en especial, a la luz de la declaración de Pablo?

Todo esto para decir que los 39 libros en el Antiguo Testamento Protestante corresponden a los mismos 22 (o 24, dependiendo de cómo estén ordenados) los libros en la Biblia hebrea. En otras palabras, el canon protestante del Antiguo Testamento contiene los mismos libros que los judíos aceptaron como Escritura. Esto es avalado por varias fuentes. El historiador judío Josefo escribió:

Por esto entre nosotros no hay multitud de libros que discrepen y disientan entre sí; sino solamente veintidós libros, que abarcan la historia de todo tiempo y que, con razón, se consideran divinos. De entre ellos cinco son de Moisés, y contienen las leyes y la narración de lo acontecido desde el origen del género humano hasta la muerte de Moisés. […] Desde Moisés hasta la muerte de Artajerjes, que reinó entre los persas después de Jerjes, los profetas que sucedieron a Moisés reunieron en trece libros lo que aconteció en su época. Los cuatro restantes ofrecen himnos en alabanza de Dios y preceptos utilísimos a los hombres.4

Estos veintidós libros aceptados por los judíos como canónicos corresponden exactamente al canon protestante del Antiguo Testamento, que excluye a los apócrifos. Junto con Josefo, el maestro judío Filón tampoco reconoció a los apócrifos como Escritura. En cuanto a Filón, F.F. Bruce comenta:

Filón de Alejandría (c 20 aC-50 dC) evidentemente conocía las Escrituras solo en la versión griega. Era representante ilustre del judaísmo alejandrino, y si el judaísmo alejandrino hubiera reconocido un canon más completo que el del judaísmo palestino, uno podría esperar encontrar algún rastro de esto en los voluminosos escritos de Filón. Pero de hecho, si bien Filón no nos ha dado una declaración formal sobre los límites del canon, como ha hecho Josefo, los libros que reconoció como sagradas escrituras eran, sin duda, libros incluidos en la Biblia hebrea tradicional … No muestra señal alguna de aceptar la autoridad de los libros que conocemos como los apócrifos.5

El rechazo de los apócrifos por Josefo y Filón no solo es significativo porque ambos eran judíos y conocían su propio canon, sino también porque estaban familiarizados con la Septuaginta (una traducción griega del Antiguo Testamento). El propio Filón era de Alejandría, de donde se originó la Septuaginta. Los apologistas católicos romanos a menudo afirman que la Septuaginta judía contenía los apócrifos, y como la Septuaginta era la Biblia usada por Jesús y los apóstoles, los apócrifos deberían considerarse Escrituras. Pero William Webster explica por qué este razonamiento es falso:

Josefo no solo cita el número preciso de los libros canónicos, sino que declara que la nación judía reconoció a estos veintidós como canónicos y no más. Lo importante de su testimonio es que usó la versión Septuaginta del Antiguo Testamento. Así, aunque usó la versión griega, citó el canon limitado de los hebreos. Y como se mencionó anteriormente, Filón también usó la Septuaginta y no incluyó a los apócrifos como Escritura canónica autorizada. Estos casos demuestran que no se puede deducir que aquellos que usaron la Septuaginta aceptaron un canon extendido, en particular, Jesús y los apóstoles.6

La lista de la Biblia hebrea con solo 22 o 24 libros no solo nos dice que los judíos sabían qué libros pertenecían al canon, sino que también excluía necesariamente a los apócrifos. Una razón por la que los judíos no aceptaron a los apócrifos es porque reconocieron que la sucesión exacta de su propia línea profética terminó alrededor del siglo IV a. C. Los apócrifos se escribieron después de este momento, por lo que no son canónicos. Josefo comenta sobre esto también:

Desde el imperio de Artajerjes hasta nuestra época, todos los sucesos se han puesto por escrito; pero no merecen tanta autoridad y fe como los libros mencionados anteriormente, pues ya no hubo una sucesión exacta de profetas. 7

Josefo no solo nos da el número exacto de libros y sus divisiones, sino que aquí nos da una línea de tiempo que indica que aquellos libros escritos después de la época de Artajerjes8 no tenían la misma autoridad que los libros canónicos porque la sucesión exacta de los profetas había cesado. En otras palabras, los libros apócrifos no fueron inspirados y, por lo tanto, no fueron canónicos.

Roger Beckwith en su libro The Old Testament Canon of the New Testament Church [El Canon del Antiguo Testamento de la iglesia del Nuevo Testamento] cita numerosas declaraciones rabínicas que atestiguan el cese de la profecía en Israel en una época anterior a la escritura de los apócrifos:9

Con la muerte de Hageo, Zacarías y Malaquías, los últimos profetas, el Espíritu Santo dejó a Israel. (Tos. Sotah 13.2).


Hasta entonces [la venida de Alejandro Magno y el fin del imperio de los persas] los profetas profetizaron a través del Espíritu Santo. A partir de entonces, “inclina tu oído y escucha las palabras de los sabios” (Seder Olam Rabbah 30).


Desde que el Templo fue destruido, la profecía ha sido tomada de los profetas y entregada a los necios y a los niños. (Bab. Baba Bathra 12b).


El rechazo judío de los apócrifos como Escritura también se puede ver en una reunión de eruditos judíos en Jamnia (90 dC). Aquí no hubo discusión alguna sobre los libros apócrifos o su aceptación en el canon. Además, el Talmud judío, compuesto por escritos rabínicos de entre 200 dC y 500 dC, también excluyó a los apócrifos de las Escrituras canónicas. Incluso la Nueva Enciclopedia Católica afirma la consistencia entre el Antiguo Testamento protestante y la Biblia hebrea:

En cuanto al Antiguo Testamento, los protestantes se apegan al canon judío; ellos solo reconocen los libros de la Biblia hebrea. Los católicos reconocen, además, siete libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento.10

En resumen, si no tuviéramos otra razón para rechazar a los apócrifos como canónicos, el hecho de que los judíos nunca los aceptaron en su Biblia hebrea sería suficiente. La Escritura es inspirada por Dios y, por lo tanto, es Dios quien determina qué libros son canónicos inspirando ciertos libros y no a otros. Al pueblo de Dios (en este caso, a los judíos) se le confió esta tarea así como la administración de los escritos divinos mucho antes de que existiera la Iglesia Católica Romana. Por lo tanto, no es prerrogativa de Roma determinar los límites canónicos de un grupo de escritos que nunca estuvieron bajo su cuidado y que tampoco produjo.

Razón # 2: Es sencillo erguir un argumento que consiste en que ni Jesús, ni los apóstoles, ni los escritores del Nuevo Testamento aceptaron a los apócrifos como inspirados.

Primero, construyendo sobre el primer punto anterior, ya que los judíos nunca aceptaron a los apócrifos como Escritura, y como Jesús, los apóstoles y la mayoría de los autores del Nuevo Testamento eran judíos, se deriva que tampoco ellos aceptaron a los apócrifos como Escritura. El argumento es este:

  1. Los judíos no aceptaron a los apócrifos como las Escrituras inspiradas.
  2. Jesús, los apóstoles y la mayoría de los autores del Nuevo Testamento eran judíos.
  3. Por ende, tanto Jesús, como los apóstoles y la mayoría de los autores del Nuevo Testamento rechazaron a los apócrifos como Escrituras inspiradas.

Jesús y los autores del Nuevo Testamento con frecuencia se refieren a “las Escrituras”, por ejemplo, cuando Jesús está enseñando a sus apóstoles o debatiendo con los líderes religiosos judíos de su época. Sin embargo, cualquier mención de “las Escrituras” debe tener un referente objetivo identificable por todos los involucrados en la discusión. En otras palabras, no se pudo haber hecho una referencia a “las Escrituras” a menos que: (1) ya existiese un conjunto específico de libros en mente, (2) aquellos en diálogo habrían acordado el contenido de tales libros (lo que nos lleva a concluir razonablemente que), (3) Jesús, los apóstoles, e incluso los líderes religiosos judíos, todos aceptaron el canon establecido por los judíos con autoridad. F.F. Bruce lo dice de esta manera:

Nuestro Señor y sus apóstoles podrían diferir de los líderes religiosos de Israel sobre el significado de las Escrituras; no hay ninguna sugerencia de que difieran sobre los límites de las Escrituras. “Las escrituras” en cuyo significado diferían no eran una colección amorfa: cuando hablaban de “las escrituras” sabían qué escritos tenían en mente y podían distinguirlos de otros escritos que no estaban incluidos en “las escrituras”.11

Además, Jesús se refiere con frecuencia a “la ley y los profetas”, “la ley”, e incluso “la ley de Moisés y los profetas y los salmos”. Pero, de nuevo, es difícil imaginar a Jesús haciendo estas declaraciones a menos que ya hubiera un canon judío cerrado con ciertos libros identificables con claridad. En otras palabras, aquí, en las palabras de Jesús, encontramos un argumento a favor de un canon hebreo cerrado. Beckwith resume este punto importante:

Es difícil de concebir un canon organizado de acuerdo a un principio racional, o una lista de libros bien definida si tal lista se desconoce o si el canon seguía abierto. Más aún, es difícil concebirlo sin un número de libros generalmente aceptado y conocido, o si el canon permaneció abierto y la identidad de sus libros incierta… Y tal acuerdo, como hemos visto ahora, probablemente se había alcanzado ya en el siglo II aC… El hecho de que el canon del Antiguo Testamento al que se refiere el Nuevo Testamento en varias formas tenía un número establecido de libros en los tiempos del Nuevo Testamento es una indicación más de que Jesús y sus primeros seguidores estaban familiarizados con un canon cerrado, y recomendaron un canon cerrado a la iglesia cristiana.12

Una segunda consideración importante es la siguiente: ni Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento citan a los apócrifos como Escritura. Jesús y los escritores del Nuevo Testamento citan al Antiguo Testamento con mucha frecuencia.

 Cuando lo hacen, por lo general dicen: algo así como “Así dicen las Escrituras”, “como está escrito” o “Así dice el Señor”. Ninguno de los libros apócrifos es citado directamente de esta forma. Aunque el Nuevo Testamento contiene cientos de citas y referencias a casi todos los libros canónicos del Antiguo Testamento, nunca se citan los apócrifos. No hay ni una sola cita de los apócrifos a la que se le atribuya estatus canónico o de autoridad bíblica.

Finalmente, Jesús hace una declaración explícita que parece limitar la extensión del Antiguo Testamento al canon tradicional hebreo, excluyendo así a los apócrifos como inspirados. Este argumento es desarrollado extensamente por Roger Beckwith y se basa en dos pasajes paralelos que se encuentran en Mateo 23:34-36 y Lucas 11:49-51.13 El pasaje de Lucas dice así:

Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán, para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación.

El significado de este pasaje con relación al canon se comprende mejor si tomamos en cuenta dos factores. Primero, en el orden tradicional de la Biblia hebrea, los judíos colocaban el libro de 2 Crónicas al final. Segundo, la mayoría de los comentaristas están de acuerdo en que el Zacarías mencionado en el pasaje anterior se refiere a la muerte de Zacarías en 2 Crónicas 24: 20-22, lo que lo convierte en el último mártir registrado en el canon hebreo. Poniendo todo esto junto, cuando Jesús está condenando a los fariseos en los pasajes de Mateo 23 y Lucas 11, Él los culpa de las muertes todos los profetas martirizados desde el primer momento (Abel) en el libro de Génesis hasta el último (Zacarías) en el libro de 2 Crónicas, y al hacerlo, nos está dando implícitamente el rango y alcance de las Escrituras canónicas: desde Génesis hasta 2 Crónicas, excluyendo así a los apócrifos. Beckwith explica:

El martirio de Abel es el primero y precisamente inicia en el primer libro del canon; El martirio de Zacarías es el último, y llega casi al final del último libro. Todos los martirios de Abel a Zacarías son, por lo tanto, equivalentes a todos los martirios de un extremo de la Biblia judía al otro. Si se pregunta por qué Jesús no extiende su catálogo de martirios más allá de los límites del canon, Lucas da una respuesta clara. Jesús no está hablando de toda la sangre justa sin distinción, sino de toda la sangre justa de los profetas; y la profecía, como bien sabían los judíos, prácticamente había terminado con la composición del último libro de las Sagradas Escrituras… Así, Jesús confirma que el orden tradicional de los libros, que comenzó con Génesis y terminó con Crónicas, se remonta todo, en esencia, al primer siglo. Tampoco es el inventor de este orden. Su forma alusiva de referirse a todo el canon sería ininteligible si el conjunto y orden de los libros no fuese bien conocido y aceptado.14

F.F. Bruce también retoma este argumento y lo resume de esta manera:

Hay evidencia de que Crónicas fue el último libro en la Biblia hebrea como Jesús lo sabía. Cuando dijo que la generación a la que se dirigía sería responsable de “la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo”, agregó, “desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y El Templo” (Lucas 11:50f.). Abel es el primer mártir en la Biblia (Gen. 4:8); Zacarías es muy probablemente el hijo de Joiada, quien murió apedreado “en la corte de la casa de Jehová” porque, hablando por el Espíritu de Dios, reprendió al rey y al pueblo de Judá por transgredir los mandamientos divinos (2 Crón. 24: 20-22). Zacarías (c 800 aC) no fue cronológicamente el último profeta fiel en morir como mártir… Pero Zacarías es canónicamente el último profeta fiel en morir como mártir, porque su muerte está registrada en Crónicas, el último libro de la Biblia hebrea.15

¿Por qué es importante si Jesús, los apóstoles y los escritores del Nuevo Testamento rechazaron a los apócrifos como Escritura? La respuesta debería ser obvia:

Para los cristianos, sin embargo, la enseñanza de Jesús, sus apóstoles y los otros escritores del Nuevo Testamento también tiene un significado teológico; porque si nos enseñan lo que era su canon del Antiguo Testamento, ¿no nos enseñan también lo que, para los cristianos, debe ser el canon del Antiguo Testamento?16

Razón # 3: Jerónimo, traductor de la Vulgata latina, también rechazó a los apócrifos como Escritura inspirada.

 Un buen grupo de padres y teólogos eclesiásticos a lo largo de los siglos separaron a los apócrifos de las Escrituras canónicas. Muchos reconocieron que el canon hebreo consistía en solo veintidós libros, incluidos Orígenes, Hilario de Poitiers, Cirilo de Jerusalén, Atanasio, Epifanio, Gregorio de Nazianzo, Basilio el Grande y Rufino.17

Pero Jerónimo tiene un significado especial debido al hecho de que tradujo la Vulgata latina, que se convirtió en la traducción estándar de la Biblia utilizada por la Iglesia occidental durante siglos. Jerónimo era erudito bíblico de alta casta, dominaba tanto el hebreo como el griego, y claramente enseñaba que los apócrifos deben ser excluidos del canon. En cuanto a la cantidad de libros en el canon hebreo, afirmó,

Y así, en total, llegan a ser 22 los libros de la Ley antigua, es decir, cinco de Moisés, ocho de los Profetas y nueve de la Hagiógrafa… para que podamos saber que todo lo que no esté incluido en estos debe colocarse entre los libros apócrifos.18

Además, Jerónimo no solo nos ofrece la división triple tradicional de la Biblia hebrea, sino que también enumera los libros que la componen:

  • La ley de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

  • Los profetas: Josué, Jueces, Rut, I y II Samuel, I y II Reyes, Isaías, Jeremías, Ezequiel y los doce profetas menores.

  • La Hagiógrafa: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares de Salomón, Daniel, Crónicas, Esdras-Nehemías y Ester.19

Nótese aquí que los apócrifos están excluidos. Jerónimo también rechazó explícitamente las adiciones apócrifas al libro de Daniel (Bel y el Dragón, Susana):

Las historias de Susana y de Bel y el Dragón no están contenidas en el hebreo… Por esta misma razón cuando traduje Daniel hace muchos años, noté estas visiones con un símbolo crítico, mostrando que no estaban incluidas en el hebreo… Después todo, tanto Orígenes, Eusebio, Apolinares, y otros destacados eclesiásticos y maestros de Grecia reconocen que, como he dicho, estas visiones no se encuentran entre los hebreos, y por lo tanto no están obligadas a responder a Porfirio acerca de estas porciones que carecen de toda autoridad como Sagrada Escritura.[20. Jerome, Preface to Jerome’s Commentary on Daniel, trans. by Gleason Archer (Grand Rapids: Baker, 1977), 17, as quoted in Norman Geisler and Ralph MacKenzie, Roman Catholics and Evangelicals: Agreements and Differences (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1995), 170, my italics.]

Jerónimo incluso afirma que la Iglesia de su época no otorgó estatus canónico a los apócrifos y que estos libros no deben usarse para decidir doctrina:

Cuando, entonces, la Iglesia lea a Judith, Tobías y los libros de Macabeos, pero sin admitirlos entre las Escrituras canónicas, así que también lea estos dos volúmenes (Sabiduría de Salomón y Eclesiástico) para edificación de la gente, mas no para otorgar autoridad a las doctrinas de la Iglesia (énfasis propio).[21. NPNF2, Vol. 6, St. Jerome, Prefaces to Jerome’s Works, Proverbs, Ecclesiastes and Song of Songs; Daniel, as quoted in Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 45.]

Esta declaración de Jerónimo es importante por al menos dos razones. Primero, notemos que Jerónimo distingue entre libros canónicos y libros eclesiásticos. Los libros canónicos son los de la Biblia hebrea y pueden usarse para establecer doctrina, mientras que los libros eclesiásticos (que incluyen los apócrifos) no son canónicos sino que se conservan por su utilidad en la edificación, no en la decisión de cuestiones doctrinales y, por lo tanto, les confiere un estado inferior.

En segundo lugar, Jerónimo afirma que esta posición, un rechazo de los apócrifos como canónicos, fue la posición de la Iglesia cuando él escribe. Esto es contrario a las afirmaciones de muchos apologistas católicos romanos. En otras palabras, no solo no hubo un “consenso unánime” a favor de aceptar los Apócrifos como Escritura inspirada, sino todo lo contrario, ¡el “consenso unánime” de la Iglesia parece estar a favor de su rechazo! Jerónimo, uno de los más grandes eruditos en la historia de la Iglesia, que tradujo la Biblia más utilizada por la Iglesia Occidental durante siglos, reconoció claramente el estatus inferior de los Apócrifos, y es lamentable que la Iglesia Católica Romana finalmente abandonara esta posición en el Concilio de Trento en 1546 (más sobre esto a continuación).

Razón # 4: La práctica general de la Iglesia occidental, hasta el momento de la Reforma, fue la de seguir el juicio de Jerónimo al rechazar los apócrifos como Escritura inspirada.

Los apologistas católicos romanos a menudo argumentan que los apócrifos fueron aceptados y establecidos como canónicos para la Iglesia universal en los concilios de Hipona y Cartago, en 393 y 397 respectivamente, y que en realidad fueron los protestantes quienes retiraron estos libros del canon durante la Reforma. Por ejemplo, el apologista católico romano Karl Keating afirma:

El hecho es que el Concilio de Trento no agregó a la Biblia lo que los protestantes llaman libros apócrifos. En cambio, los reformadores abandonaron los libros bíblicos que habían sido de uso común durante siglos… Después de todo, fue la Iglesia católica, en el siglo IV, la que decidió oficialmente qué libros componían el canon de la Biblia y cuáles no. El Concilio de Trento entró en escena unos doce siglos después y se limitó a reafirmar la antigua posición.20

Sin embargo, los hechos históricos simplemente no apoyan esto. Además de las razones ya mencionadas anteriormente, la gran mayoría de teólogos, obispos y cardenales durante la Edad Media y hasta el momento de la Reforma siguieron a Jerónimo en su evaluación de los apócrifos.

Los apócrifos fueron vistos como útiles en la edificación y valiosos por su historia, pero no se consideraron Escrituras de inspiración divina como lo fue el Antiguo Testamento. William Webster da tres ejemplos históricos principales que lo respaldan: (1) las declaraciones expresas de la Glossa ordinaria—el comentario bíblico oficial utilizado durante la Edad Media, (2) la enseñanza de los principales teólogos que citaron a Jerónimo como autoridad para determinar el canon autoritario del Antiguo Testamento, y (3) traducciones de la Biblia y comentarios producidos justo antes de la Reforma.21

 La Glossa Ordinaria

 Webster proporciona una breve descripción y explicación de la importancia de la Glossa ordinaria:

La Glossa ordinaria, es un testigo importante acerca de la opinión de la Iglesia occidental en cuanto a su posición sobre los apócrifos porque fue el comentario bíblico con autoridad estándar para toda la Iglesia occidental. Llevaba una autoridad inmensa y se usó en todas las escuelas y seminarios relacionados con la formación de teólogos.22

La importancia de la Glossa ordinaria en relación con el tema de los apócrifos se ve reflejada en sus afirmaciones en el Prefacio de la misma obra. Se repite el juicio de Jerónimo en cuanto a que la Iglesia permite la lectura de los libros apócrifos solo para devoción e instrucción, pero que no tienen autoridad para resolver controversias en materia de fe.

Afirma que hay veintidós libros del Antiguo Testamento, citando los testimonios de Orígenes, Jerónimo y Rufino como apoyo. Al comentar sobre los libros apócrifos, les precede una introducción que dice: ‘Aquí comienza el libro de Tobías que no está en el canon; Aquí comienza el libro de Judith que no está en el canon y así sucesivamente para Eclesiástico, Sabiduría y Macabeos, etc. Estos prólogos del Antiguo Testamento y libros apócrifos repiten las palabras de Jerónimo.23

He aquí un extracto del Prólogo a la Glossa ordinaria escrito en 1498 dC, que explica la distinción entre libros canónicos y no canónicos (o apócrifos):

Muchas personas, que no prestan mayor atención a las Sagradas Escrituras, piensan que todos los libros contenidos en la Biblia deben ser honrados y adorados con igual veneración, sin saber distinguir entre los libros canónicos y no canónicos…Por eso a menudo parecen ridículos ante los sabios; y se sienten perturbados y escandalizados cuando escuchan que alguien no honra algo leído en la Biblia con igual veneración que todos los demás. Aquí, entonces, distinguimos y enumeramos claramente primero los libros canónicos y luego los no canónicos, entre los cuales distinguimos aún más entre lo cierto y lo dudoso.

Los libros canónicos han sido creados a través del dictado del Espíritu Santo. Sin embargo, no se sabe en qué momento o por qué autores se produjeron los libros no canónicos o apócrifos. Como, sin embargo, son muy buenos y útiles, y no se encuentra nada en ellos que contradiga los libros canónicos, la iglesia los lee y permite que los fieles los lean para su devoción y edificación. Su autoridad, sin embargo, no se considera adecuada para probar las cosas que entran en duda o discusión, o para confirmar la autoridad de los dogmas eclesiásticos, como el beato Jerónimo declara en su prólogo a Judith y los libros de Salomón. Pero los libros canónicos son de tal autoridad que cualquier cosa contenida en ellos se considera verdadera e indiscutible, y también lo que se demuestre claramente a partir de ellos.24

Luego de distinguir entre los libros canónicos y los libros apócrifos, el Prólogo de la Glossa Ordinaria procede a enumerar… los libros precisos que conforman el canon del Antiguo Testamento, y los apócrifos no canónicos, todo de acuerdo con la enseñanza de Jerónimo. Nuevamente, el significado de esto es que la Glossa ordinaria fue el comentario bíblico oficial utilizado durante la Edad Media en todos los centros teológicos para formación de teólogos. Por lo tanto, representa la perspectiva general de la Iglesia en conjunto, demostrando el vacío de las afirmaciones de los apologistas romanos de que los decretos de Hipona y Cartago establecieron oficialmente el canon por la Iglesia universal.25

La enseñanza de Teólogos eminentes

Las enseñanzas de los principales teólogos hasta antes de la Reforma muestran que siguen el ejemplo de Jerónimo y la Glossa ordinaria al rechazar a los apócrifos como Escritura. Citan al canon hebreo y a Jerónimo como autoridades en este asunto. El espacio no permite citas completas de todos los teólogos incluidos en esta categoría. William Webster ha proporcionado amplia documentación en sus publicaciones oficiales. Sin embargo, veremos brevemente los tres principales teólogos: el cardenal Cayetano, Gregorio el Grande y Hugo de San Víctor.

Primero, el cardenal Cayetano es una figura importante porque fue el oponente teológico de Martín Lutero durante la Reforma Protestante. Escribió un comentario sobre cada libro canónico del Antiguo Testamento y lo dedicó al Papa. Sin embargo, Cayetano siguió el ejemplo de Jerónimo, incluso citándolo como autoridad en cuanto al canon. Cayetano mantiene la misma distinción que Jerónimo entre los libros canónicos (útiles para determinar la doctrina) y los libros eclesiásticos (útiles para la edificación). Note lo que dice:

Aquí cerramos nuestros comentarios acerca de los libros históricos del Antiguo Testamento. El resto (es decir, Judith, Tobías y los libros de Macabeos) son considerados por San Jerónimo como fuera del conjunto canónico, perteneciendo a los apócrifos, junto con Sabiduría y Eclesiástico, como lo proclama claramente el Prólogo Galeato. Tampoco se moleste, como un erudito en formación, si encuentra que en algún escrito, ya sea en los consejos sagrados o en los doctores sagrados, estos libros se consideran canónicos. Porque las palabras tanto de los consejos como de los doctores deben reducirse a la corrección de Jerónimo. Ahora, según su juicio, en la epístola a los obispos Cromatio y Heliodoro, estos libros (y cualquier otro libro similar en el canon de la biblia) no son canónicos, es decir, no tienen la naturaleza de regla para confirmar asuntos de fe. Sin embargo, pueden llamarse canónicos, es decir, en la naturaleza de una regla para la edificación de los fieles, como receptos y autorizados en el canon de la biblia para ese propósito. Con la ayuda de esta distinción, podrá ver claramente su camino a través de lo que dice Agustín y lo que está escrito en el consejo provincial de Cartago.26

Aquí Cayetano claramente relega a los apócrifos fuera de los márgenes del canon. Pero ¿qué con esos concilios como Cartago, presidido por Agustín, que canonizó a los apócrifos? Cayetano nos da varias claves interpretativas importantes.

Primero, estos concilios deben estar sujetos a la corrección de Jerónimo. Segundo, los apócrifos pueden llamarse “canónicos” solo en el sentido eclesiástico, es decir, son útiles para la edificación y solo se incluyen en la Biblia para ese propósito. Tercero, Cayetano confirma que el concilio de Cartago fue solo un concilio local.

Un segundo personaje importante fue Gregorio el Grande. Gregorio fue uno de los grandes “doctores” en la Iglesia y obispo de Roma entre el 590 y 604 dC. Gregorio rechazó el libro de 1 Macabeos como canónico en su comentario sobre el libro de Job:

En cuanto a lo cual no estamos actuando de manera irregular, si de los libros, aunque no sean canónicos, pero usados para la edificación de la Iglesia, presentamos testimonios. Así, Eleazar en la batalla hirió y derribó a un elefante, pero cayó bajo la misma bestia que mató. (1 Macabeos. 6:46).27

Webster explica la importancia de esta declaración de Gregorio el Grande:

Esto es notable, ya que viene de un obispo de Roma, que negó el estatus canónico a 1 Macabeos mucho después de los concilios de Hipona y Cartago. Pero enseñó que el libro era útil para la edificación, el mismo sentir expresado por Jerónimo. Esto está en directa contradicción a lo que decretó la Iglesia romana anterior bajo Inocencio I, quien confirmó los libros sancionados como canónicos por Agustín y los Consejos de Hipona y Cartago… Claramente, cuando la Iglesia recibió los libros apócrifos como canónicos definió el término en el Sentido expresado anteriormente por el cardenal Cayetano. El término tenía un significado amplio y estrecho. En general, incluía todos los libros que eran aceptables para la lectura en las Iglesias, que incluían los Apócrifos. Pero, en su sentido más estricto, solo los libros del canon hebreo fueron sancionados como verdaderamente canónicos con el propósito de establecer doctrina… Por lo tanto, tenemos la perspectiva oficial y autorizada de un obispo de Roma a finales del siglo VI y principios del séptimo siglo con respecto al Estado canónico de los apócrifos.28

En tercer lugar, Hugo de San Víctor (1096-1141) también siguió a Jerónimo al listar el número de libros canónicos del Antiguo Testamento en veintidós, rechazando así a los apócrifos. Con respecto a Hugo de San Víctor, F.F. de Bruce comenta,

Hugo de San Víctor, quien fue el prior de la abadía y director de su escuela desde 1133 hasta su muerte en 1141, enumera los libros de la Biblia hebrea en un capítulo “Sobre el número de libros en letra sagrada” y continúa diciendo: : ‘También hay en el Antiguo Testamento algunos otros libros que ciertamente se leen [en la iglesia] pero no están inscritos en el cuerpo del texto o en el canon de autoridad: tales son los libros de Tobías, Judith y los Macabeos, el llamado Sabiduría de Salomón y Eclesiástico. ‘Aquí, por supuesto, se puede discernir la influencia de Jerónimo: para los estudiantes medievales de la Biblia en la iglesia latina no había un maestro comparable con él.29

Si es verdad, como dicen los apologistas católicos romanos, que el tema del canon se resolvió hace mucho tiempo en los concilios de Hipona y Cartago, ¿cómo es posible que tantos teólogos, obispos y cardenales hayan rechazado la canonicidad de los apócrifos hasta el tiempo de la Reforma? ¿Desconocían la posición oficial de Roma sobre el asunto? ¿O simplemente estaban ejercitando su libertad intelectual al seguir la posición histórica de la Iglesia en un asunto que Roma aún no había abordado oficial e infaliblemente?

Traducciones Bíblicas

Una prueba final presentada por Webster es una traducción de la Biblia conocida como la Biblia Complutense. Los traductores de este trabajo siguieron a Jerónimo, la Glossa ordinaria, así como a la enseñanza de los principales teólogos al rechazar a los apócrifos como Escritura inspirada:

A principios del siglo XVI, justo antes de la Reforma, el Cardenal Ximenes, Arzobispo de Toledo, en colaboración con los principales teólogos de su época, produjo una edición de la Biblia llamada Biblia Complutense. Hay una advertencia en el Prefacio con respecto a los apócrifos, de que los libros de Tobit, Judith, Sabiduría, Eclesiástico, Macabeos, las adiciones a Esther y Daniel, no son Escrituras canónicas y, por lo tanto, no fueron utilizadas por la Iglesia para confirmar la autoridad de puntos fundamentales de la doctrina, aunque la Iglesia permitió que se leyeran para propósitos de edificación… Esta Biblia, así como su Prólogo, fue publicada por la autoridad y el consentimiento del Papa León X, a quien se dedicó todo el trabajo30

Aquí tenemos, en el siglo XVI, la producción de una Biblia requerida por el Papa León X, que separó claramente a los apócrifos del resto del canon del Antiguo Testamento. Una vez más, la afirmación de que Roma determinó el canon universal para la Iglesia en los primeros siglos simplemente no encaja con los hechos históricos. Bruce Metzger proporciona información histórica adicional sobre las traducciones de la Biblia producidas durante el siglo XVI en la Iglesia Occidental:

Posteriormente al tiempo de Jerónimo y hasta el período de la reforma, una sucesión continua de los Padres y teólogos más sabios en Occidente sostuvo la autoridad única y distintiva de los libros del canon hebreo. Tal juicio, por ejemplo, fue reiterado en la víspera de la Reforma por el Cardenal Ximenes en el prefacio de la magnífica edición de la Biblia Complutense Poliglota que editó (1514-17). Además, la primera versión latina de la Biblia en tiempos modernos, hecha a partir de los idiomas originales por el académico dominicano, Sanctes Pagnini, y publicada en Lyon en 1528, con cartas elogiosas del Papa Adrián VI y el Papa Clemente VII, separa claramente el texto de los libros canónicos del texto de los libros apócrifos. Otra Biblia latina, esta es una adición a la Vulgata de Jerónimo publicada en Nuermberg por Johannes Petreius en 1527, presenta el orden de los libros como en la Vulgata pero especifica al comienzo de cada libro apócrifo que no es canónico… Incluso el cardenal Cayetano, El oponente de Lutero en Augsburgo en 1518, dio una aprobación implacable al canon hebreo en su Comentario sobre todos los libros históricos auténticos del Antiguo Testamento, que dedicó en 1532 al Papa Clemente VII. Apeló expresamente a la separación de Jerónimo de los libros canónicos de los no canónicos, y sostuvo que no se debe confiar en estos últimos para establecer asuntos de fe, sino que se deben usar solo para la edificación de los fieles.31

Es notable que las traducciones de la Biblia y los comentarios anteriores se produjeron justo antes del Concilio de Trento en 1546, y cada uno rechazó a los apócrifos como Escritura canónica. Dada esta evidencia histórica, William Webster concluye,

El peso de la evidencia histórica apoya la exclusión de los apócrifos de la categoría de las Escrituras canónicas. Por lo tanto, debemos concluir que los decretos del Concilio de Trento, referentes al verdadero canon de las Escrituras, se hicieron muy a pesar de la evidencia histórica judía y patrística, ignorando el consenso histórico general de la Iglesia antes de ese Concilio.[34. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 82.]

¿Cuándo fueron canonizados oficialmente e infaliblemente los apócrifos por la Iglesia Católica Romana? Esta pregunta lleva al siguiente punto por el cual los apócrifos deben ser rechazados como Escritura.

Razón # 5: La Iglesia Católica Romana no canonizó oficial e infaliblemente a los Apócrifos sino hasta el 1546 en el Concilio de Trento.

Como se mencionó anteriormente, los apologistas católicos romanos a menudo argumentan que los apócrifos fueron aceptados y establecidos como canónicos para la Iglesia universal en los concilios de Hipona y Cartago a fines del siglo IV y principios del V. Además de toda la evidencia presentada anteriormente que demuestra que este no es el caso, y que no fue la opinión mayoritaria de la Iglesia occidental, hay más problemas con esta afirmación.

Primero, los concilios de Hipona y Cartago no fueron sínodos ecuménicos sino locales, como incluso admitieron los estudiosos católicos romanos como el Cardenal Cayetano arriba. Por lo tanto, no tenían la autoridad para hablar por la Iglesia universal y no tenían la prerrogativa de establecer el canon oficial e infaliblemente.

En segundo lugar, los concilios del norte de África fueron muy influidos por Agustín, quien lamentablemente sostuvo la opinión errónea de que la Septuaginta era una traducción inspirada por Dios. Esto se vuelve problemático porque estos concilios, después de que se hizo la traducción de la Septuaginta, canonizaron el libro de 1 Esdras de la Septuaginta (que luego se convirtió en 3 Esdras en la Vulgata) que el Concilio de Trento determinó posteriormente como no canónico.

 En otras palabras, los Concilios de Hipona y Cartago canonizaron un libro “inspirado” que el Concilio de Trento rechazó más tarde. 32 Esto significa es que, contrario a lo que afirman los apologistas católicos romanos, Hipona y Cartago no tenían autoridad para establecer el canon para la Iglesia.

Finalmente, incluso las fuentes católicas romanas admiten que los apócrifos no fueron canonizados oficialmente e infaliblemente hasta el Concilio de Trento en 1546. La Nueva Enciclopedia Católica afirma que el canon no se estableció oficialmente para la Iglesia occidental en general hasta el Concilio de Trento en el siglo dieciséis:

San Jerónimo hizo la distinción entre libros canónicos y libros eclesiásticos. Los últimos que juzgó fueron circulados por la Iglesia como lectura espiritual recomendable, pero no fueron reconocidos como Escritura con autoridad. La situación no estuvo clara en los siglos siguientes… por ejemplo, Juan de Damasco, Gregorio el Grande, Walafrid, Nicolás de Lira y Tostado dudaban de la canonicidad de los libros deuterocanónicos… Según la doctrina católica, el criterio de inclusión al canon bíblico consiste en la decisión infalible de la Iglesia. Esta decisión no se dio sino hasta muy tarde en la historia de la Iglesia durante el Concilio de Trento… El Concilio de Trento resolvió definitivamente el asunto del Canon del Antiguo Testamento. El hecho de que esto no se hubiera hecho antes se desprende de la incertidumbre que persistió hasta el momento de Trento.33

El erudito católico romano Yves Congar concuerda:

… no existió, en la Iglesia Católica, una lista oficial y definitiva de escritos inspirados sino hasta el Concilio de Trento…34

H.J. Schroeder, el traductor del  Concilio de Trento al inglés, escribió:

La lista o decreto tridentino fue la primera declaración infalible y efectivamente promulgada acerca del Canon de las Sagradas Escrituras.35

Contrario a lo que el apologista católico romano Karl Keating afirmó anteriormente, no fueron los protestantes los que expulsaron a los apócrifos de las Escrituras, sino que fue la Iglesia católica romana la que elevó, erróneamente, a este grupo de escritos al nivel de las Sagradas Escrituras, sin tener en cuenta la evidencia histórica ni la posición histórica de la Iglesia.

Razón # 6: Los apócrifos no pasan la prueba profética y, por lo tanto, no deben considerarse como Escritura.

Al menos uno de los libros incluidos en el canon católico romano se auto-descalifica al aceptar que no tiene origen profético. En el capítulo 4 de 1 Macabeos, después de limpiar el templo y derribar el altar profanado, se nos dice que se almacenaron las piedras del altar ” hasta que viniera un profeta que les indicara lo que debían hacer con ellas” (v. 46). 1 Macabeos 9:27 declara explícitamente que en el momento de escribir los libros, los profetas de Dios ya habían dejado de aparecer:

Fue un tiempo de grandes sufrimientos para Israel, como no se había visto desde que desaparecieron los profetas.

Esto se ve nuevamente en 14:41, donde los judíos deciden que Simón debería ser su líder y sumo sacerdote “hasta que apareciera un profeta autorizado”. El autor de 1 Macabeos reconoció que los profetas de Israel y el espíritu de profecía habían desaparecido y, por lo tanto, 1 Macabeos no se puede considerar como divinamente inspirado.

Geisler y MacKenzie explican, en resumen, que los apócrifos no superan la prueba profética en su totalidad:

Primero, ningún libro apócrifo afirma haber sido escrito por un profeta. De hecho, como ya se ha mencionado, un libro apócrifo incluso niega ser profético (1 Mac. 9:27). Segundo, no hay confirmación divina de ninguno de los escritores de libros apócrifos, como lo hay para los profetas que escribieron libros canónicos (por ejemplo, Éxodo 4:1-2). Tercero, no existe ni una sola profecía predictiva en los libros apócrifos como las que tenemos en los libros canónicos (por ejemplo, Isa. 53; Dan. 9; Mic. 5:2) lo que constituye una clara indicación de su autenticidad profética. Cuarto, no hay ninguna afirmación mesiánica nueva en los apócrifos. Por lo tanto, no agrega nada a las verdades mesiánicas del Antiguo Testamento. Quinto, incluso la comunidad judía reconoció que los dones proféticos habían cesado en Israel antes de que se escribieran los apócrifos (ver citas arriba). En sexto lugar, los libros apócrifos nunca se incluyeron en la Biblia judía junto con los “Profetas” ni en ninguna otra sección. Ningún libro profético, posterior a los apócrifos, los cita.36

Razón # 7: Los apócrifos contienen errores históricos y doctrinales.

Los católicos romanos acudieron a los apócrifos para justificar ciertos errores doctrinales, como los sacrificios expiatorios, el purgatorio y oraciones a los muertos (2 Macabeos 12:45: “Por esto hizo ofrecer ese sacrificio por los muertos, para que Dios les perdonara su pecado”) y la salvación por obras (Tobías 12: 9: “Dar limosna salva de la muerte y purifica de todo pecado”). Esto debería, al menos, considerarse sospechoso, especialmente teniendo en cuenta la naturaleza polémica del Concilio de Trento y la canonización de los apócrifos como reacción a la reforma protestante.

Además, libros como Judith contienen tantos errores históricos que muchos estudiosos concluyen que debe ser una obra de ficción histórica en lugar de una historia real. Si efectivamente fue pensado como obra de ficción histórica, supongo que no se le puede criticar por contener tantos errores históricos. Bruce Metzger dice lo siguiente acerca de Judith

Una de las primeras preguntas que surgen naturalmente con respecto a este libro es si es histórico o no. El consenso, al menos entre los eruditos protestantes y judíos, es que este relato es, pura ficción… el libro está lleno de anacronismos, improbabilidades históricas, geográficas y errores evidentes. Por ejemplo, Holofernes moviliza un inmenso ejército a una distancia de trescientas millas en tres días (2:21). Las palabras iniciales del libro, cuando se consideran a la par con el v. 2:1ff. y 4:2f., incluyen un disparate histórico colosal, ya que el autor ubica el reinado de Nabucodonosor sobre los asirios (en realidad era rey de Babilonia) en Nínive (¡que cayó siete años antes de su ascenso al trono!) en un momento en que los judíos apenas regresaban de su cautiverio (en realidad en este momento estaban sufriendo más deportaciones). Nabucodonosor nunca batalló contra los medos (1:7), ni capturó a Ecbatana (1:14)…La reconstrucción del Templo (4:13) está fechada, por un anacronismo evidente, aproximadamente un siglo antes. Además, el estado judío está representado bajo el gobierno de un sumo sacerdote y una especie de sanedrín (6: 6-14; 15:8), que es compatible solo con una fecha post-exílica varios cientos de años después de la presunta ubicación contextual histórica del libro.37

Conclusión

Las siete razones anteriores forman un caso acumulado convincente que indica que los apócrifos no deben considerarse como Escritura inspirada por Dios. Más aun, la evidencia es problemática para la Iglesia Católica Romana, ya que ha declarado de manera infalible la inclusión de los apócrifos al canon. Tal declaración no se puede retractar sin socavar la infalibilidad de la iglesia. Pero, ¿qué pasa cuando los hechos de la historia socavan la posición dogmática adoptada por Roma? ¿Y qué queda de su infalibilidad si se demuestra que una de sus declaraciones “infalibles” es totalmente falsa?

Los judíos a quienes se les encomendaron los oráculos de Dios (Romanos 3:2) no aceptaron a los apócrifos. Tampoco Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento los aceptaron. Lo mismo sucede con Jerónimo, los principales teólogos (Doctores) e incluso los eruditos católicos romanos hasta la época de la Reforma.

Para resumir: los judíos a quienes se les encomendaron los oráculos de Dios (Romanos 3:2) no aceptaron a los apócrifos. Tampoco Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento los aceptaron. Lo mismo sucede con Jerónimo, los principales teólogos (Doctores) e incluso los eruditos católicos romanos hasta la época de la Reforma. No fue sino hasta el 1546 en el Concilio de Trento que los apócrifos fueron incluidos oficial e infaliblemente como Escritura, como lo admiten incluso las fuentes católicas romanas. Los apócrifos no pasan la prueba profética y algunos libros incluso contienen errores doctrinales e históricos. Esto, por supuesto, no quiere decir que los Apócrifos no sean útiles. Ciertamente lo son. Pero no son Escritura. Y los protestantes están en lo correcto, con la evidencia histórica y la posición histórica de la Iglesia de su lado, cuando se niegan a reconocer a los libros de los apócrifos como canónicos.


  1. Desde el Concilio Vaticano II la ICC ha relajado su postura y se ha hecho más ecuménica e inclusiva hacia los protestantes y otros grupos, refiriéndose hacia los protestantes como “hermanos separados”. Sin embargo, la posición histórica y tradicional de la ICR ha sido que (1) la ICR es la única iglesia verdadera, (2) no hay salvación fuera de la ICR, y por ende (3) los protestantes y cualquier otra persona que con conocimiento rechace cualquier proclamación infalible de las doctrinas de la ICR son anatemas, separadas de la comunión con Roma y, por lo tanto, no son salvos.
  2. Concilio de Trento, Sesión IV (Abril 8, 1546), cita de Henry Denzinger, The Sources of Catholic Dogma, trans. Roy J. Deferrari (Fitzwilliam, NH: Loreto, 1954), 245.
  3. William Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha (Battle Ground, WA: Christian Resources, 2002), 7.
  4. Josephus, Antiquities, Against Apion, 1.8, my italics.
  5. F.F. Bruce, The Canon of Scripture (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1988), 46.
  6. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 16.
  7. Josephus, Antiquities, Against Apion, 1.8 (Énfasis propio).
  8. Artajerjes Longimano reinó durante 40 años: de 465 aC a 425 aC.
  9. Ver Roger Beckwith, The Old Testament Canon of the New Testament Church and its Background in Early Judaism (Eugene, OR: Wipf and Stock, 1985), 369-370.
  10. New Catholic Encyclopedia, Volume III, Canon, Biblical, 29, citado en Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 24-25 (mi traducción).
  11. Bruce, The Canon of Scripture, 28-29.
  12. Beckwith, The Old Testament Canon of the New Testament Church, 262-263.
  13. See Ibid., 211-222.
  14. Ibid., 215, 220.
  15. Bruce, The Canon of Scripture, 31, énfasis suyo.
  16. Beckwith, The Old Testament Canon of the New Testament Church, 10.
  17. Ver Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 16-17, y notas al pie de página.
  18. Jerónimo, Helmed Prologue to the Vulgate version of Samuel and Kings, citado en Beckwith, The Old Testament Canon of the New Testament Church, 120, énfasis propio.
  19. Ver Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 21, y notas al pie de página.
  20. Karl Keating, Catholicism and Fundamentalism: The Attack on “Romanism” by “Bible Christians” (San Francisco: Ignatius Press, 1988), 46-47.
  21. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 58.
  22. Ibid.
  23. Ibid., 60.
  24. Biblia cum glosa ordinaria et exposition Lyre litterali et morali (Basil: Petri & Froben, 1498), British Museum IB.37895, Vol. 1, On the canonical and non-canonical books of the Bible. Translation by Dr. Michael Woodward, as quoted in Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 60-61.
  25. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 61.
  26. Cardinal Cajetan (Jacob Thomas de Vio), Commentary on all the Authentic Historical Books of the Old Testament, In ult. Cap., Esther, as quoted in Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 63, my italics.
  27. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 64.
  28. Ibid.
  29. Bruce, The Canon of Scripture, 99-100. See Hugh of St. Victor, On the Sacraments, I, Prologue, 7 (PL 176, cols. 185-186D).
  30. Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 80.
  31. Bruce Metzger, An Introduction to the Apocrypha (New York: Oxford University, 1957), 180.
  32. Para mayors detalles acerca de este argumento, ver William Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 47-51.
  33. New Catholic Encyclopedia, Vol. II, Bible, III (Canon), p. 390; Canon, Biblical, p. 29; Bible, III (Canon), p. 390, as quoted in Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 50-51.
  34. Yves Congar, Tradition and Traditions (New York: Macmillan, 1966), p. 38, citado em Webster, The Old Testament Canon and the Apocrypha, 51.
  35. H.J. Schroeder, The Canons and Decrees of the Council of Trent (Charlotte: TAN Books, 1978), 17n4.
  36. Geisler and MacKenzie, Roman Catholics and Evangelicals, 167.
  37. Metzger, An Introduction to the Apocrypha, 50-51.

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