Autoestima, Ministerio y Miseria. Parte 4

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Autoestima, Ministerio y Miseria. Parte 4

Por Dr. Clay Jones. Universidad de Biola.

En mi último escrito dije que había tres razones por las cuales no podemos saber quién será el mayor en el Reino de Dios. La primera es que Dios juzga el corazón y nosotros no somos buenos en esto. 1 Corintios 4:1-5:

Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios. Ahora bien, a los que reciben un encargo se les exige que demuestren ser dignos de confianza. Por mi parte, muy poco me preocupa que me juzguen ustedes o cualquier tribunal humano; es más, ni siquiera me juzgo a mí mismo. Porque aunque la conciencia no me remuerde, no por eso quedo absuelto; el que me juzga es el Señor. Por lo tanto, no juzguen nada antes de tiempo; esperen hasta que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda.

Notemos que nuestras intenciones por las que hicimos las cosas serán expuestas. Además, notemos también que no debemos juzgar los motivos de otras personas (muchos cristianos cometen este pecado). Pablo incluso dice que ni siquiera se juzga a sí mismo. Como ves, Dios juzga el corazón y en la opinión considerada del Señor tus intenciones para hacer lo que haces pueden ser más importantes que lo que haces. Recuerda 1 Corintios 13:1-3:

Ahora les voy a mostrar un camino más excelente. Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.

¿No nos dice este pasaje que podemos predicar los mejores sermones, enseñar las mejores conferencias de apologética o escribir los libros más respetados, pero si no lo hacemos con amor, entonces, desde la perspectiva de Dios, no “ganamos nada”? Eso es lo que dice, ¿verdad?

Después de todo, hay muchas recompensas externas cuando nos va bien en el ministerio público. Puede haber fama, respeto, viajes y honorarios. Estas son muchas cosas mundanas y estamos naturalmente atraídos a esas cosas. Esto puede motivar a los cristianos a buscar el ministerio público y luego a trabajar muy duro para engrandecer sus ministerios cada vez más. También puede conducir a un montón de orgullo mundano: “Tengo más estudios de mejores escuelas, enseño a grandes multitudes, escribo más libros, tengo más seguidores en Twitter/facebook que él/ella”.

Cuando construimos nuestra autoestima en nuestro ministerio, los insultos de éxito son difíciles. Cuando estuve en la Universidad Simon Greenleaf, un profesor de unos 30 años de edad entró en mi oficina y me dijo que el Sr. Talbot debería haberlo contratado al él para un puesto como teólogo. Dijo ser mucho más eminentemente y calificado que la persona que fué contratada. Cuando salió de mi oficina pensé que posiblemente podría ser académicamente más eminente, pero el Señor tiende a resistirse a los presumidos y que se vanaglorian.

Tristemente, “estoy mejor calificado que ellos” nos tienta a todos. El dicho de Benjamin Franklin “si quieres saber las fallas de una persona, alábala ante sus compañeros” es muy cierto. Estamos tentados a hacer que otros se vean mal para hacernos a nosotros ver mejor. He hecho esto. ¿Tu no? Afortunadamente, no soy perfecto en esto, pero he aprendido que cuando me siento despreciado, cuando me han pasado por alto en una oportunidad, mi pensamiento se ha vuelto, “Yo trabajo para tí, Padre. Yo trabajo para ti. “Después de todo, si Él está complacido con nosotros, el valor de lo que otros piensan no es muy importante. Por otro lado, si Dios está disgustado con tus intenciones, entonces las ovaciones y elogios de la gente son muy peligrosos. Dios juzga nuestros corazones y si no somos grandes ante los ojos de Dios, entonces no importa lo que piense nuestra propia madre o incluso lo que un millón de cristianos podrían pensar. Así, como Proverbios 4:23 nos dice:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”.

Este pensamiento me reconforta y me hace humilde. Es reconfortante porque nuestra alabanza a Dios no se basará en tener un mejor ministerio o que otros sean mejores que yo. Me hace ser humilde porque sé que con demasiada frecuencia mis motivos no son lo que deberían ser. Por cierto, a veces he oído decir a cristianos que no van a ministrar de esta manera o de la otra porque sus motivos no son puros. Eso está mal: necesitamos estar al servicio y emplear los dones que Dios nos ha dado incluso cuando no funcionamos con combustible puro.

Entonces, ¿quién es el más grande según esta norma? Sólo Dios sabe y pronto todos recibiremos nuestra alabanza de él.

Esa idea me parece liberadora.

Mañana-otra razón por la que no podemos decir quién será el más grande.

 

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