Niñez, Inmortalidad y el Principito

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Niñez, Inmortalidad y el Principito

Por Chris Du-Pond

 

Uno de los tesoros que heredé de mi abuelita “Nanný” cuando falleció, fue el libro de “El Principito” (Le Petit Prince) de Antoine de Saint-Exupéry. Una linda edición en francés de 1946 con ilustraciones originales. Este ejemplar que poseo ha sido leído, que yo sepa, por al menos 5 generaciones en mi familia (incluyendo mis hijas) en su idioma original.

Este pequeño libro de menos de cien páginas es el cuarto libro mas traducido de la historia; ha sido traducido a unos 250 idiomas y se venden más de dos millones de copias anualmente. En Francia se le designó como el mejor libro del siglo 20.

Y aquí la pregunta obligada es: ¿Qué tiene de extraordinario este libro, escrito como historia para niños?

Después de ponderar en esto por semanas me di cuenta que Le Petit Prince toca el corazón del lector porque aborda con gran maestría dos anhelos humanos incontenibles:

El primero: El anhelo de conservar la imaginación y la inocencia propia de nuestra infancia. Hay algo mágico en la niñez que perdemos con el tiempo. Dejamos de soñar con ser bombero o astronauta, dejamos de jugar al trompo y a las canicas, nuestra bicicleta deja de ser un rápido corcel, y el árbol del parque deja de ser la nave a otros mundos en el espacio sideral. Dejamos la época en que la novia era un recado escrito o un mensaje con un amigo. La edad cuando nuestros “por qué” no dejaban descansar a los adultos. Crecer finalmente se convierte en el lento asesinato del niño que todos fuimos alguna vez. Se pierde una blanca pureza que dar lugar al egoísmo, la envidia, la arrogancia, y mucho más. Crecer, en un sentido, es trágico.

En el proceso de maduración humana, nos damos cuenta un día que es tiempo de ir al funeral del niño que fuimos alguna vez. Simplemente, un día nos dejó sin decir adiós, sin darnos cuenta.

El segundo tema del Principito es el profundo deseo humano por alcanzar la inmortalidad. Al final (Spoiler Alert!), el principito se encuentra con una serpiente amarilla, de esas “que te matan en menos de treinta segundos”. “¿Tienes veneno del bueno?, ¿Estás seguro de que no sufriré mucho tiempo?” preguntó el Principito. Finalmente, el veneno de la serpiente se convertiría en su pasaje para “volver a casa”, el asteroide B 612 con su rosa, sus volcanes, sus amaneceres y su oveja. Y advierte, “Pareceré estar muerto, pero estarás equivocado, solo estaré dormido. Será solo un caparazón vacío”. Y así, casi sin hacer ruido, el principito se desplomó sobre la suave arena…

“Al día siguiente”, nos dice Antoine, “me consolé un poco…mas no del todo. Porque sé muy bien que ha regresado a su planeta, pues no pude encontrar su cuerpo sobre la arena”.

De las muchas veces que recuerdo haber leído la historia de niño, no recuerdo haber sentido angustia o nostalgia. Después de todo, el Principito ¡regresó a su planeta, con su flor, su oveja y a sus amaneceres! Pero ahora como adulto, mi mente y la razón me dicen que en realidad fue mordido por una serpiente venenosa. El Principito, sin duda, murió… Eso es lo que sucede cuando un áspid venenoso te hiere.

En el fondo queremos seguir pensando como niños. Parece haber cierta relación entre la eternidad y la niñez que perdemos con los años.

En el fondo queremos seguir pensando como niños. Parece haber cierta relación entre la eternidad y la niñez que perdemos con los años. Y creo que esta relación es muy real y por eso este libro ha tocado los corazones de tantas personas. Tenemos, muy en el fondo del alma, un deseo y una sed de cosas eternas, comenzando con nuestras propias vidas…

Otro gran escritor, C.S. Lewis también identificó, al menos en parte, esta relación:

“Si encuentro en mí un deseo que este mundo no puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo.” 1

La razón por la que creo que esta relación entre la niñez y la eternidad es cierta, es porque, muchos siglos antes de Antoine de Saint-Exupéry, otro personaje de la historia habló de esta misma relación:

«Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él.» Lucas 18:16-17

Aunque la historia del Principito es maravillosa, no nos dice nada nuevo. Jesús, el “Logos”, dijo algo similar hace más de 2000 años. El éxito del Principito se debe a que se ha acercado demasiado al anhelo humano de perdurar, de trascender las estrellas y de poder burlarse de la muerte y volver a nuestros orígenes de inocencia. Todos deseamos eso.

La diferencia entre Jesús y Saint-Exupéry, es que éste último, simplemente supo incorporar en una historia ficticia este innato deseo propio en una forma sencilla de comprender, casi sin darnos cuenta de ese profundo deseo. Sin embargo, Jesús es quien, “en el principio”, puso ese deseo en el alma humana. Jesús no es solo el origen de la historia sino también ¡el autor del deseo mismo! Y aquí lo que sugiero es muy sencillo: tal vez el ser como niño y correr a Sus brazos es lo que se necesita hacer para desencadenar la eternidad que llevamos atada en el calabozo de nuestro corazón. Él dijo, “el que crea en mi tiene vida eterna” (Juan 6:47).

 “Dios todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos” Eclesiastés 3:11

 

  1. CS Lewis, Mere Christianity (San Francisco: Harper San Francisco Publishers, 2001), 136-137.

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