La Sumisión de un Conspirador. Reseña del libro: Creación y Caída/Tentación

La Sumisión de un Conspirador. Reseña del libro: Creación y Caída/Tentación

Por Priscila Fonseca

Para entender la teología de Bonhoeffer, tenemos que adentrarnos a su vida. Una vida en persecución por la Gestapo, una vida que termina en el campo de concentración de Flussenbürg, una vida que camina en oración hacia la horca, una vida con Cristo en el centro.

Este pequeño libro está centrado en dos estudios Bíblicos, el de la creación y caída; y el de la tentación. Para poder sumergirnos en las profundidades de sus letras, Bonhoeffer comienza con una introducción filosófica que remonta al apasionado pensamiento del individuo desde su creación. Un pensamiento circular donde comienza el inicio y nuestro pensamiento llega a su fin. Un pensamiento donde no se puede hablar del inicio sin el fin, donde el fin es el nuevo comienzo en Jesús. El hombre ya no vive en el inicio, lo ha perdido en el árbol del conocimiento del bien y del mal, ahora, dice Boenhoeffer, el hombre está al centro, sin conocer el inicio ni el fin.

Este capítulo filosófico puede ser un poco difícil de digerir, pero vale la pena re-leerlo cuantas veces sea necesario para comprenderlo ya que a partir de este momento estaremos inmersos en la filosofía del estudio de Génesis.

Bonhoeffer nos regala un estudio exhaustivo de la creación día por día, pero yo me detendré un poco en la creación del hombre. Donde toda creación ha permanecido a los pies del Creador, pero es hasta que hace al hombre, que se encuentra reflejado en él. Pero, no es su imagen, tiene vida pero permanece muerto, determinado. Así que para darle vida, Dios, además de darle el Espíritu de vida, le da libertad. De esta manera su creación en libertad le brinda alabanza y adoración y es entonces cuando realmente está vivo.

Así avanzamos por los capítulos hasta llegar al estudio de la caída. Estas páginas se encargan de demostrar que el árbol del conocimiento es el árbol de la muerte y el dolor producido por el placer de comer el fruto de éste árbol es inminente. Y aún así, la serpiente fue demasiado sutil que entró de lleno al orgullo de Eva.

Desde este momento, los límites que eran amados por la creación, y que no eran transgredidos por amor, ahora están violentados. Y el amor que los hacía una sola carne, ahora está fragmentado, ocasionando que sientan vergüenza al verse desnudos.

Para el hombre no es suficiente ésta caída, así que ahora trata de huir. A este intento de escapatoria de Dios, se le llama conciencia.

Me gustaría advertirles, queridos lectores, que a partir de aquí, estamos expuestos a la auto-confrontación. El siguiente estudio es sobre la tentación y se titula “No nos dejes caer en tentación”.

El hombre natural gusta de regodearse de su triunfo sobre la aventura y del encuentro con el enemigo. Gusta de vivir pensando: “Llévame a la tentación para demostrar lo bueno que hay en mí”.  Pero esa batalla solamente la ha ganado quien ya ha vencido a la muerte.

Aquél que le enseñó a sus discípulos a orar “no nos dejes caer en tentación”, es quien sabía lo que la tentación significaba. Ya que fue él, Jesucristo, quien venció toda tentación que el enemigo pudo ofrecer.

En estos capítulos finales se analizarán las dos tentaciones que son mencionadas en la Biblia, aquellas que le fueron ofrecidas a Adán y aquellas que fueron ofrecidas a Cristo. Y ya sea que seamos tentados en Adán o tentados en Cristo, Bonhoeffer nos dará una sublime narración sobre estos dos acercamientos. Si somos tentados y caemos, ha sido producto de la naturaleza de Adán, pero si vencemos esa provocación, es porque es Cristo quien ha salido triunfante, no nosotros.

Para finalizar el estudio, Bonhoeffer analiza cada punto de las diferentes proposiciones que Satanás usa para tentar a Jesús en el desierto. Así que para entonces, podremos tener una idea más clara y un total acercamiento a lo que en verdad representaban dichas tentaciones. Este lado humano de Jesús, que pocas veces es mencionado, es merecedor de toda exaltación, ya que una vez que comprendemos lo fuerte de cada una de estas tentaciones, podremos entender su verdadera naturaleza humana, y por ende, una mayor alabanza a Su grandeza para vencer a la serpiente y conquistar la muerte.

En palabras de Dietrich:

“Toda tentación es tentación de Jesucristo y toda victoria, es victoria de Jesucristo”.

Podremos estar atravesando momentos de gran tribulación, pero es en esta tribulación e incluso soledad que vamos a encontrar a Jesús para salir victoriosos. Y ¿quién sabe? Tal vez tengamos la fortaleza que Dietrich Bonhoeffer encontró en Jesús para poder caminar sumisos a Cristo por el pasillo que nos lleva a nuestra muerte.

Compartir “exclusivamente el amor de Dios” es un Error

Compartir “exclusivamente el amor de Dios” es un Error

por Clay Jones

Artículo original (Usado con permiso)


Frecuentemente he escuchado a cristianos que dicen que al testificar de su fe “sólo deben de compartir el amor de Dios”, es decir: no se debe mencionar ni el infierno ni el juicio. En este contexto también he oído cosas como “no puedes atraer a las moscas sin usar miel” y “no quiero que la gente entre al cielo por miedo al infierno; quiero que el amor los haga entrar”. Esto suena agradable, amoroso y cariñoso.

 

Pero no lo es.

 

Este método de evangelización no entiende la distinción correcta entre la ley y el Evangelio. Los Reformadores de la iglesia entendieron que cuando la ley y el Evangelio son distinguidos correctamente, la ley sólo se predica a los que están a gusto en su pecado y el Evangelio (o gracia) sólo se predica a los  pecadores incómodos con su pecado. Esto significa lo siguiente: No es correcto decirle a la gente que está a gusto en su pecado que Dios les ama. ¿Por qué? Porque eso sólo los ata aún más a su pecado. Aquellos que son justos, según ellos, no necesitan escuchar de gran cantidad de palabrería acerca de la gracia y del amor de Dios. En su lugar lo que necesitan es escuchar del juicio y la ira de Dios. Los pecadores seguros necesitan convertirse en pecadores inseguros (por supuesto, esto no puede hacerse sin la obra del Espíritu Santo). Una vez que se convierten en pecadores inseguros, entonces, y sólo entonces, estarán listos para que les prediquemos el Evangelio de la Gracia.

 

Esto es lo que Jesús hizo.

 

Observe cuidadosamente cómo Jesús predicó. A los que estaban seguros en su pecado y se creían justos, como los fariseos, Jesús les señaló su pecado y advirtió de la ira y el juicio venideros. Para aquellos que se sentían inseguros en su pecado, tales como prostitutas y recaudadores de impuestos, Jesús les predicó acerca de la gracia y del amor de Dios. Así, cuando los fariseos le preguntaron a Jesús por qué comía con recaudadores de impuestos y con “pecadores”, Jesús contestó:

“Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. Pero vayan, y aprendan lo que significa: ‘MISERICORDIA QUIERO Y NO SACRIFICIO’; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. (Mateo 9: 12-13).

Con esto Jesús no quiso decir que hubo gente sana y recta que Él no vino a llamar. No. Para Jesús no hay personas sanas ni justas. Más bien, lo que Jesús quiso decir es que sólo aquellos que reconocen que son pecadores enfermos están listos para escuchar del Evangelio de la Gracia. 

Se predica la ley a los pecadores seguros/cómodos con el pecado (ya sea que se consideren cristianos o no) con la esperanza de que se volverán inseguros en cuanto a su pecado y así se arrepientan y reciban el perdón de Dios.

Esto también es cierto para los pecadores seguros que se consideran cristianos. Un ejemplo debería bastar. A principios de los 80, yo era un joven pastor en una gran iglesia (esto fue incluso justo antes de que se escuchara hablar del SIDA). Un día, una joven se me acercó y dijo (no estoy inventando), “Clay, estoy coqueteando con hombres en los bares y teniendo relaciones sexuales con ellos y estoy dándome la gran divertida de mi vida”. Yo le respondí que si Jesús regresara esa noche, ella probablemente se perdería. El siguiente domingo se acercó a mi esposa y dijo: “Lo que me Clay dijo realmente me llegó profundamente y ¡he dejado de hacer eso!”

Esta es la distinción apropiada entre la ley y el Evangelio. Se predica la ley a los pecadores seguros/cómodos con el pecado (ya sea que se consideren cristianos o no) con la esperanza de que se volverán inseguros en cuanto a su pecado y así se arrepientan y reciban el perdón de Dios.

Por lo tanto, los cristianos necesitan armarse de valor para decirles a los pecadores seguros la verdad: están en peligro eterno. Como dijo Dietrich Bonhoeffer en “Life Together”:

“Nada puede ser más cruel que la ternura que consagra a otro a su pecado. Nada puede ser más compasivo que la severa reprensión que llama a un hermano de regreso del camino del pecado”.

Santiago 5: 19-20: “Hermanos míos, si alguien de entre ustedes se extravía de la verdad y alguien le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados.

 Amén.